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Cuando el amor llega a Bogotá. Melendi, 20 años

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Redacción: Karina Palacios
Fotografía: Daniel Rodriguez

Bogotá amaneció gris, como si el clima presintiera lo que ocurriría horas más tarde.
Hay días en los que la lluvia agudiza las emociones: el corazón se vuelve más vulnerable, más receptivo. En esos momentos, una playlist es refugio y motor; una guía que acompaña mientras las gotas golpean las ventanas de la casa o del coche. Cada canción es un respiro que ordena la mente y recuerda que incluso en el gris existen pequeñas luces.

A las 6:30 p. m., al llegar al Movistar Arena, la atmósfera ya estaba cargada de expectativa. Para muchos, ver a un artista que ha sido banda sonora de amores, rupturas y renacimientos emocionales representa una válvula de esperanza. Su nombre iluminado en la fachada marcaba el inicio de una noche destinada a impactar fibras profundas.

A las 7:00 p. m., el ingreso de prensa se hizo eterno. Nervios controlados, miradas cruzadas, fans sonrientes intentando disimular la ansiedad previa al show. Tras la requisa, recibimos las instrucciones: tres canciones para hacer nuestro trabajo. Se analiza el espacio, se planifica la movilidad y, mientras el recinto se llena minuto a minuto, dos horas pasan sin aviso.

A las 9:00 p. m., nos llaman al foso. Se apagan las luces. En pantalla, una enorme “M” roja construida con estética de bombillas clásicas. Aparecen los músicos, suena un solo de guitarra, y MELENDI irrumpe con “Hijos del mal”. El público estalla. Luces azuladas, baterías marcando el pulso colectivo y un coro que retumba en sincronía absoluta. Le siguen “Tocado y Hundido” y “De pequeño fue el coco”, elevando la energía del recinto y provocando lágrimas, gritos y una descarga emocional masiva.

Dos décadas de historias y canciones han acompañado a generaciones enteras. Melendi logró convocar a adultos, jóvenes y niños que cantaban sin miedo a quebrarse la voz. Parejas tomadas de la mano, bailes espontáneos, abrazos que reafirman que sí es posible creer en el amor.

Pasadas las 10:00 p. m., durante la introducción a la canción número 14, un cartel naranja en el público llama la atención: “tenemos una noticia que solo tú puedes decir”. Melendi baja entre risas, recibe el mensaje al oído y al volver al escenario anuncia: “en la ecografía se ve un pirulini”. Estalla el Movistar. El público celebra un gender reveal inesperado antes de que “La casa no es igual” marque otro momento emotivo.

Clásico tras clásico—“Como una vela”, “Destino o casualidad”—el recinto se enciende con miles de luces de celulares. El propio Melendi deja ver cómo la emoción le quiebra la voz. Hacia el cierre, “Cheque al portamor”, “La Promesa” y “Canción de amor caducada” preparan el terreno para la despedida.

Tras casi dos horas de concierto, regresa al escenario para interpretar “Lágrimas desordenadas”. Un juego de luces y visuales acompaña el momento final, mientras cañones lanzan papel picado que desciende como la misma lluvia con la que inició la noche. Esa lluvia fría que, en silencio, parecía susurrar: todo va a estar bien.

En días nublados donde el corazón se arruga, siempre existirán canciones capaces de devolvernos al equilibrio. Como un “violinista en tu tejado”, Melendi demostró que la música sigue siendo el refugio donde muchos encontramos calma.