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El ruido que libera: una jornada de thrash en Bogotá

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Redacción y fotografía de: Laura Torres

Llegar a un concierto en Bogotá un sábado implica, casi siempre, negociar con el tráfico. Entre carreras, calles congestionadas y la ansiedad de no llegar tarde, el camino hacia Lourdes Music Hall fue apenas el primer movimiento de una jornada que prometía terminar muy lejos de la tranquilidad. El United for Thrash Fest, organizado por Wild Noise Productions, reunía a seis bandas de diferentes lugares de Latinoamérica y Estados Unidos, en un encuentro que llevaba al thrash metal al centro de la noche bogotana.

Apenas llegué, me acredité y entré en un ambiente que parecía llevar horas encendido. El calor humano, el olor a cerveza, la lechona. Había algo en el ambiente que anunciaba lo que estaba por suceder: la gente había llegado a encontrarse con una música que no se escucha precisamente para permanecer quieto.

Violator, desde Brasil, ya estaba sobre el escenario. Llegué cuando faltaban apenas dos o tres canciones para terminar su presentación, pero fue suficiente para entender por qué tantas personas llevaban tiempo esperando verlos. La energía era absurda. Había pogos por diferentes puntos del lugar, cuerpos que se movían al ritmo de las guitarras y un público que parecía dispuesto a aprovechar cada segundo.

Formada en Brasilia en 2002, Violator se ha convertido en uno de los nombres reconocibles del thrash metal brasileño, con un sonido rápido y agresivo que conserva el espíritu del género y una postura crítica presente en buena parte de su propuesta. Su música tiene esa urgencia que parece exigir una respuesta inmediata: mover la cabeza, levantar los puños y dejar que el cuerpo siga el ritmo.

Pero si algo terminó de demostrar la conexión entre la banda y el público fue el final. El vocalista se lanzó hacia la multitud, una y otra vez. La gente lo recibió, lo sostuvo y lo devolvió a ese mar de personas que no parecía querer dejarlo ir. Él tampoco parecía tener demasiadas ganas de marcharse. Había emoción de ambos lados y una complicidad que no necesitaba explicaciones.

Y pensar que apenas era la primera banda.

Después llegó ese breve intervalo que existe entre una presentación y otra. Los músicos cambian, los instrumentos se preparan y el escenario se transforma, pero el festival nunca se detiene del todo. Mientras tanto, la gente sigue conversando, tomando cerveza, comprando mercancía y encontrándose con amigos.

Aproveché ese momento para recorrer el lugar con la cámara y hacer retratos. Había parejas, grupos de amigos, chicas con chalecos llenos de parches, metaleros de distintas generaciones y personas con esos peinados que parecen conservar algo de la estética ochentera del género. Algunos llevaban años viviendo esta música; otros parecían estar descubriendo su propia manera de pertenecer a ella.

Eso me gusta de fotografiar estos encuentros: nunca se trata únicamente de registrar a quienes están sobre el escenario. También están las personas que llegan, las que se reconocen entre la multitud, las que comparten una cerveza y las que encuentran en su ropa una forma de expresar quiénes son. Cada pinta cuenta algo, cada grupo tiene su propia historia y, por unas horas, todas esas historias coinciden en el mismo lugar.

Luego llegó Sobibor

Lo primero que me llamó la atención fue su formación de dos integrantes y la manera en que la puesta en escena estaba dominada por una luz roja que parecía no querer abandonar el escenario. Para fotografiar, aquello suponía un reto: había pocas variaciones de iluminación y encontrar nuevos encuadres exigía buscar otros ángulos y aprovechar los momentos precisos en los que los músicos se acercaban a la luz.

Sin embargo, esa misma limitación técnica terminaba acompañando la atmósfera de la presentación. El rojo constante construía una imagen oscura, intensa y casi asfixiante, en sintonía con la fuerza de la música.

Aunque el público parecía algo menos concentrado que durante la presentación de Violator, la energía no desapareció. La gente siguió disfrutando, moviéndose y respondiendo al sonido. El festival tenía todavía mucho camino por recorrer y cada banda encontraba su manera de sostener la atención de quienes habían llegado a pasar la jornada entre guitarras distorsionadas y baterías aceleradas.

Con Los Denegados, la experiencia tomó otro rumbo

Hasta ese momento había fotografiado principalmente desde los puntos autorizados, entre ellos el segundo piso y las zonas ubicadas detrás de los pogos. Sin un foso de prensa, acercarse al escenario requería encontrar el momento adecuado y moverse con cuidado entre una multitud que no tenía demasiadas intenciones de quedarse quieta.

Después de varios intentos, conseguí llegar a una de las primeras filas. Por fin podía trabajar con planos más cerrados, acercarme a los músicos y buscar esas expresiones que desde la distancia se pierden entre las luces y el movimiento.

Pero lo que ocurrió durante la presentación terminó llamando mi atención.

Los Denegados acompañaron su show con imágenes proyectadas al fondo del escenario, cargadas de críticas al gobierno colombiano. La respuesta del público fue inmediata. Entre la música y las imágenes comenzaron a escucharse consignas que se extendieron por el lugar, hasta convertirse en un coro colectivo.

La escena me hizo pensar en algo que siempre ha acompañado la historia del rock: su capacidad de incomodar.

El rock nunca ha sido solamente una cuestión de sonido, estética o entretenimiento. En sus diferentes expresiones, también ha servido para cuestionar el poder, denunciar injusticias y expresar inconformidades que muchas veces no encuentran otro lugar donde hacerse escuchar.

Esto no significa que todas las personas que escuchan rock piensen igual o compartan las mismas posiciones políticas, pero sí permite reconocer que la rebeldía y la crítica social forman parte de una tradición importante dentro de su historia.

En Colombia, donde las discusiones políticas atraviesan buena parte de la vida cotidiana, encontrarse con una banda que utiliza el escenario para manifestar su inconformidad adquiere un significado particular. Los Denegados no estaban ofreciendo únicamente una presentación musical: estaban abriendo un espacio para que el público expresara sus propias posiciones.

Y el público respondió.

Mientras escuchaba los gritos y veía cómo las personas se sumaban a las consignas, pensaba en la relación entre el ruido y la incomodidad. Porque, si algo tiene el thrash metal, es precisamente esa capacidad de irrumpir. Las guitarras son estridentes, la batería parece no dar tregua y las voces atraviesan el espacio sin pedir permiso.

Cuando las canciones terminaban y los instrumentos dejaban de sonar, el contraste era evidente. De pronto, uno podía detenerse a escuchar cuánto ruido acababa de llenar el lugar.

Y sí, es ruido.

Pero ¿qué tiene de malo incomodar?

A veces, aquello que nos incomoda es precisamente lo que nos obliga a prestar atención. El ruido puede convertirse en una forma de interrumpir la rutina, cuestionar lo establecido y abrir conversaciones que preferiríamos evitar. En ese sentido, la música no necesita ser silenciosa ni amable para tener algo que decir.

Con Los Denegados, esa idea dejó de ser una reflexión abstracta y se convirtió en una experiencia compartida. La banda puso el mensaje sobre el escenario y la gente decidió responder desde el lugar que ocupaba: con su voz, sus gestos y su presencia.

Después llegó Perpetual Warfare, una de las agrupaciones bogotanas más reconocidas dentro del thrash metal colombiano. Formada en 2006, la banda ha construido una trayectoria que la ha llevado a escenarios nacionales e internacionales, con una propuesta marcada por la velocidad, la agresividad y las letras que dialogan con las realidades sociales.

Venían de una presentación importante en Rock al Parque y ahora regresaban a encontrarse con su gente en un escenario mucho más cercano. Desde el comienzo, la respuesta fue contundente. Perpetual Warfare parecía entender perfectamente el lugar que ocupaba dentro de aquella jornada: no era solamente una banda más del cartel, sino una agrupación que ha crecido junto a una escena que conoce y reconoce su trabajo.

Bogotá también los conoce a ellos.

La presentación estuvo cargada de energía, riffs veloces y pogos que parecían crecer con cada canción. La gente se movía sin descanso y, aunque ya llevábamos varias horas de festival, nadie parecía dispuesto a dar por terminada la fiesta.

En una de las canciones nuevas, la banda propuso un wall of death. Lo que ocurrió después fue impresionante.

La multitud se abrió y dejó un espacio enorme en el centro de Lourdes Music Hall. Por un instante, el lugar quedó dividido en dos grandes grupos, esperando el momento de volver a encontrarse. Cuando llegó la señal, ambos lados corrieron hacia el centro y el espacio se convirtió en una masa de cuerpos en movimiento.

Era gigantesco.

Desde donde estaba, podía ver cómo aquella apertura ocupaba prácticamente todo el espacio disponible. No era sencillo encontrar un encuadre que permitiera comprender las dimensiones del momento. El reto consistía en registrar no solo a las personas que chocaban en el centro, sino también la magnitud del movimiento y la reacción de quienes observaban desde los bordes.

Entre toda esa energía, hubo algo que me gustó especialmente: ver a tantas mujeres participando en los pogos, sin quedarse al margen ni renunciar a disfrutar el concierto a su manera. Estaban ahí, moviéndose, entrando al círculo y compartiendo el mismo espacio que el resto del público.

No necesitaban demostrarle nada a nadie. Simplemente estaban disfrutando.

Y esa imagen también forma parte de la escena: mujeres que ocupan los espacios del metal, que se apropian de sus dinámicas y que encuentran en estos conciertos un lugar para vivir la música con la misma libertad que cualquier otra persona.

Casi al final de la presentación ocurrió otra escena inesperada. Un hombre se subió al escenario y, ante la reacción del público, que parecía animarlo a continuar, terminó lanzándose hacia la multitud. La gente lo recibió y la fiesta siguió su curso.

La noche cerró ese capítulo con un grito de «¡Palestina libre!», al que se sumaron las voces de quienes estaban allí.

Con Tungsteno, desde Argentina, el festival entró en otra etapa. La agrupación de Buenos Aires, formada en 2006, lleva casi dos décadas defendiendo un sonido que combina el speed metal y el thrash de la vieja escuela, con riffs veloces y una energía directa que invita a mantener el movimiento.

Para entonces, el cansancio empezaba a hacerse evidente. Llevábamos horas de música, calor, movimiento y pogos, pero eso no impidió que el público siguiera respondiendo. Los círculos se abrían, las personas corrían y la energía encontraba nuevas maneras de manifestarse.

Había algo divertido en observar cómo cada grupo parecía tener su propia forma de entrar al pogo. Algunos se sumaban a los círculos; otros esperaban el momento de lanzarse al centro. Y cuando se formaba un nuevo wall of death, las personas buscaban su lugar antes de que llegara el choque.

Finalmente, llegó Fueled by Fire

La banda estadounidense, originaria de California y activa desde 2002, ha construido su identidad alrededor del thrash metal de la vieja escuela y el speed metal, con una propuesta que recupera la velocidad y la agresividad de las grandes referencias del género. Su trayectoria incluye lanzamientos como Spread the Fire y Plunging into Darkness, trabajos que ayudaron a consolidar su presencia dentro de la escena internacional.

La última presentación llegó cuando el cansancio ya empezaba a sentirse en el cuerpo. Sin embargo, el público todavía tenía energía para un último gran pogo. La multitud volvió a reunirse frente al escenario y la banda cerró una jornada que había mantenido el movimiento durante horas.

Fue un final apropiado para un festival construido alrededor de un género que no entiende demasiado de medias tintas.

Al terminar, quedaban las conversaciones, las personas buscando a sus amigos, quienes se acercaban a comprar mercancía y quienes todavía tenían ganas de hablar sobre lo que acababan de ver. También quedaban las pequeñas escenas que solo se entienden cuando se ha pasado toda una jornada dentro de un concierto: los encuentros inesperados, los gritos compartidos y las imágenes que uno intenta conservar antes de que la multitud se disperse.

Desde la fotografía, la experiencia tuvo sus dificultades. La ausencia de un foso obligaba a buscar otras posiciones y a estar muy pendiente de los movimientos del público. Las condiciones de iluminación tampoco siempre permitían trabajar con facilidad, especialmente cuando las luces permanecían prácticamente iguales durante una presentación.

Con una cámara y un lente 24-70 mm f/3.5, había que aprovechar cada oportunidad para acercarse, cambiar el encuadre y encontrar una imagen que transmitiera lo que estaba ocurriendo.

Pero, al final, lo más importante no fue conseguir la fotografía perfecta de cada músico.

Fue capturar la energía de la gente.

Porque, mientras observaba los pogos, me di cuenta de que no necesitaba estar dentro de ellos para sentir lo que estaba pasando. No tenía que correr hacia el centro de un wall of death ni chocar contra otros cuerpos para experimentar esa liberación. Bastaba con mirar.

Ver cómo las personas se entregaban a la música, cómo gritaban, saltaban y movían la cabeza me hacía sentir que algo también se liberaba dentro de mí. Era como si toda esa energía colectiva atravesara el lugar y llegara hasta quienes estábamos detrás de la cámara.

Me sentía recargada

Quizá esa sea una de las cosas más difíciles de explicar sobre los conciertos: la manera en que una experiencia colectiva puede transformar el estado de ánimo de alguien que, en principio, está allí para observar y registrar. Uno llega con una cámara, con una tarea y con la intención de capturar ciertas imágenes, pero termina llevándose mucho más que fotografías.

También se lleva la sensación de haber compartido un espacio con cientos de personas que, durante unas horas, encontraron una manera de soltar lo que cargaban en la vida cotidiana.

Por supuesto, no todo fue perfecto. Entre la multitud también aparecieron algunas personas demasiado borrachas y pequeños altercados que interrumpían momentáneamente la experiencia. Son cosas que ocurren en eventos de esta naturaleza y que recuerdan que compartir un espacio implica también cuidar a quienes están alrededor. Aun así, esos momentos no consiguieron borrar la impresión general de una jornada marcada por la música, el movimiento y el encuentro.

El United for Thrash Fest fue, ante todo, una reunión de la escena. Un cartel que conectó bandas colombianas con agrupaciones internacionales y que permitió que diferentes generaciones compartieran el mismo lugar alrededor de una música que, desde sus orígenes, ha encontrado en la velocidad y la distorsión una forma de expresión.

Queda la expectativa de una segunda edición y de que estos espacios sigan creciendo. Porque festivales como este no se construyen únicamente con nombres internacionales o con grandes presentaciones. También dependen de las personas que asisten, de quienes organizan, de las bandas que sostienen la escena y de quienes encuentran en una cámara, un instrumento o un pogo una manera de participar.

Cuando finalmente salí de Lourdes Music Hall, pensé en todo lo que había ocurrido durante aquellas horas. En Violator y su despedida entre los brazos del público. En la luz roja de Sobibor. En los mensajes de Los Denegados. En el enorme wall of death de Perpetual Warfare. En la energía de Tungsteno y en el cierre de Fueled by Fire.

Pero, sobre todo, pensé en la gente.

En sus rostros, sus chalecos, sus parches, sus movimientos y sus voces. En todas esas personas que llegaron buscando música y encontraron también un espacio para encontrarse con otros, expresar sus ideas y dejar salir algo de lo que llevaban dentro.

Porque a veces el ruido no está hecho para escucharse desde lejos

A veces hay que estar ahí, entre la multitud, para entender que ese ruido también puede ser una forma de libertad.