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El Tortazo Metal: una tarde de ruido y memoria

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Redacción y fotografía de: Laura Torres

A la una de la tarde, subir la loma de La Media Torta bajo un sol que parecía no tener intención de bajar la intensidad era apenas el comienzo. Arriba, Bogotá empezaba a convertirse en una fotografía de metal: camisetas negras, maquillaje, botas, chaquetas, accesorios, largas cabelleras y jóvenes que llegaban con la emoción de quien sabe que ese día hay un lugar para ellos.

El primer ritual fue acreditarse. Saludar a colegas, encontrarse con fotógrafos conocidos y volver a compartir ese pequeño espacio que se arma alrededor de los conciertos: cámaras preparadas, conversaciones sobre festivales, artistas, escenarios y, también, sobre el panorama cultural de una ciudad que todavía encuentra maneras de hacerle espacio al ruido.

El día comenzó con Andrés Durán y sus vinilos. Durante aproximadamente una hora, las canciones recorrieron buena parte de los sonidos que marcaron los años ochenta y aquellos primeros caminos que terminarían alimentando muchas de las escenas que hoy hacen parte de la cultura musical de Bogotá. Mientras la música sonaba, el público seguía llegando. La Media Torta todavía tenía espacios libres, pero poco a poco comenzaba a llenarse.

Después llegó Infernal Self Immolation, encargada de abrir oficialmente la jornada metalera. Todavía bajo el sol, entre polas y conversaciones, el público comenzaba a entrar en calor. El ambiente era relajado, pero había algo que se repetía en cada esquina: personas esperando, encontrándose, reconociéndose.

Y entonces apareció Somberspawn.Su presentación cambió completamente la atmósfera. La oscuridad no estaba únicamente en el sonido, sino también en la imagen. La ropa, el maquillaje, los detalles, los movimientos y, especialmente, el rostro oculto de su vocalista construían una puesta en escena que parecía diseñada para mantener cierta distancia con el público y, al mismo tiempo, atraparlo.

Era una oscuridad cuidadosamente construida. Y funcionaba

Somberspawn no necesitó explicar el misterio que proponía. Bastaba con mirar el escenario para entenderlo. Cada elemento parecía pertenecer al mismo universo y la música terminaba de completar esa sensación. Desde abajo, las cámaras buscaban capturar precisamente eso: una banda que había conseguido convertir su identidad visual en parte fundamental de su sonido.

La respuesta del público fue inmediata. El pogo comenzaba a aparecer con más frecuencia y, entre quienes estaban adelante, ya no había demasiada preocupación por conservar intacta la ropa o el maquillaje.

Después llegó Victimized con el thrash como punto de quiebre de la jornada. La banda imprimió otro ritmo al Tortazo y consiguió que el público se entregara por completo. Había energía, movimiento y una cercanía que se hizo evidente cuando los músicos bajaron del escenario para encontrarse directamente con quienes estaban frente a ellos.

Entre el público había muchos jóvenes. También niños acompañados por sus familias, descubriendo en vivo una música que para otras generaciones ya forma parte de una historia mucho más larga.

El pogo crecía

Y mientras más avanzaba la tarde, más evidente se hacía algo que quizá era imposible ignorar: el metal bogotano también está siendo habitado por nuevas generaciones.

Ethereal llegó cargada de nostalgia. La banda, activa desde comienzos de los años 2000 y vinculada a una trayectoria importante dentro del metal colombiano, regresaba a Bogotá después de varios años sin presentarse en la ciudad. Para muchos, el recuerdo más cercano estaba en aquella presentación en la que compartieron escenario con Therion. Ahora, años después, el reencuentro tenía otro peso. Había quienes llevaban tiempo esperando volver a verlos y se notaba.

La emoción aumentó todavía más cuando llegó uno de los momentos más inesperados de la jornada: Fear of the Dark. El cover de Iron Maiden convirtió la Media Torta en una sola voz. Personas cantando, gritando, saltando y abrazándose mientras el tema avanzaba. El concierto de Iron Maiden en Colombia está cada vez más cerca y, por unos minutos, ese futuro parecía haberse adelantado hasta el escenario de La Media Torta.

Para entonces, el lugar ya estaba completamente lleno. El sol había acompañado prácticamente toda la jornada, las polas circulaban entre grupos de amigos y las pintas metaleras se multiplicaban por todos los rincones. Había personas maquilladas, caracterizadas, vestidas para el concierto y, sobre todo, dispuestas a habitar el espacio a su manera.

También estaba Under Threat

La banda bogotana, una de las agrupaciones más reconocidas dentro del death metal colombiano y con una trayectoria que ha trascendido las fronteras del país, fue la encargada de cerrar la jornada. Para ese momento, La Media Torta estaba completamente entregada. Las luces acompañaron el escenario mientras el público respondía con más pogo, gritos y movimiento.

Quizás el show pudo sentirse más constante que cambiante en algunos momentos, pero la respuesta de quienes estaban frente al escenario no dejó demasiado espacio para cuestionamientos: la gente estaba ahí para disfrutarlo y lo estaba haciendo.

Cuando finalmente terminó, quedó esa sensación extraña que dejan los conciertos cuando todavía hay energía en el cuerpo, pero el escenario ya está apagado.

Alrededor, quedaban conversaciones, fotos, abrazos y grupos que poco a poco comenzaban a abandonar La Media Torta. Pero también quedaban las imágenes.

Fotografiar un evento como el Tortazo Metal no es solamente registrar quién estuvo sobre el} escenario. Es guardar las personas que llegaron, las que se encontraron, las que hicieron pogo por primera vez, las que llevan años haciéndolo, las familias que llegaron juntas, los amigos que se reconocieron entre la multitud y los jóvenes que empiezan a construir su propia relación con esta música.

La Media Torta es, en ese sentido, mucho más que un escenario. Es uno de esos puntos de encuentro culturales de Bogotá donde diferentes generaciones pueden coincidir durante unas horas y compartir algo que, desde afuera, podría parecer simplemente ruido. Pero ahí dentro es otra cosa. Es identidad, encuentro, resistencia, celebración y memoria. Y quizá por eso la cámara importa.

Porque mientras las luces se apagan, las bandas se van y el público comienza a dispersarse, alguien tiene que guardar lo que pasó.

Ese sábado, entre el sol, el maquillaje corrido, las polas, las camisetas negras y los pogos, la fotografía volvió a hacer exactamente eso: guardar un pedazo de la escena metalera de Bogotá antes de que la tarde terminara.