Redacción y fotografía de: Laura Torres
La tarde del domingo caía sobre Bogotá con un cielo nublado, de esos que parecen preparar la ciudad para una noche de ruido. En el Royal Center, la fila ya reunía a quienes habían llegado desde el mediodía, desde las tres de la tarde o incluso desde las ocho de la mañana. La espera tenía su propio ritmo: camisetas negras, conversaciones entre amigos y la ansiedad de quienes llevaban horas esperando encontrarse con tres nombres que, para muchos, representaban una noche largamente esperada.

Yo llegué temprano, con la intención de reclamar mi acreditación de prensa. Mientras el público esperaba el ingreso, el ambiente comenzaba a tomar forma. Había algo en ese cielo oscuro, en el frío de la tarde y en la estética de quienes estaban allí que parecía encajar perfectamente con lo que estaba a punto de suceder.
El ingreso se realizó puntualmente para los asistentes a las seis de la tarde. La gente comenzó a entrar con rapidez y el Royal Center se llenó en poco tiempo. Desde el lado de prensa, la gestión fue un poco diferente, pero alrededor de las seis y media o seis cuarenta ya estaba dentro, esperando el inicio de una jornada que prometía una buena dosis de black metal y oscuridad.
Eshtadur fue la encargada de abrir la noche.
La banda colombiana, originaria de Pereira y formada en 2005, llegó con una propuesta marcada por el death metal melódico y atmósferas oscuras. Su presentación funcionó como un primer acercamiento al sonido que atravesaría el resto de la jornada: riffs intensos, voces profundas y una estética que encontraba en la oscuridad una parte esencial de su identidad.
Era un comienzo que preparaba el terreno. El público empezaba a entrar en calor mientras las guitarras y la batería construían el ambiente para las bandas que vendrían después.

La noche avanzó con puntualidad. Entre una presentación y otra, el espacio se mantenía en movimiento, hasta que llegó el momento de Hecate Enthroned.
Y ahí la atmósfera cambió. La agrupación británica, vinculada al black metal sinfónico y al death metal extremo, apareció con una presencia escénica imponente. Había algo en su estética, en sus movimientos y en la manera de ocupar el escenario que hacía que la música se sintiera también como una experiencia visual.
La oscuridad no era solamente una característica del sonido. Estaba en las texturas de la ropa, en la puesta en escena y en la manera en que la banda construía su presencia frente al público.
Las cabezas comenzaron a moverse. El escenario se llenó de energía y, por momentos, parecía que todo el Royal Center estaba respondiendo a una misma fuerza.
Hecate Enthroned ya había tenido la oportunidad de compartir con el público bogotano durante el Tortazo Metal en La Media Torta. Allí, algunos de sus integrantes estuvieron presentes como espectadores, acompañando el encuentro de otras bandas y de la escena local. Verlos después sobre el escenario del Royal Center tenía un significado particular: no solamente llegaban a presentar su música, sino que también habían tenido un acercamiento previo con ese entorno cultural que sostiene buena parte de la escena metalera de la ciudad.

Y se notaba la emoción de estar allí. Durante el concierto, yo me encontraba entre el público. Esta vez no había foso para fotografiar, así que tocaba buscar otros lugares, moverme entre las personas y encontrar los momentos desde una distancia diferente. Fue precisamente ahí donde ocurrió una de las escenas más inesperadas de la noche.
El baterista lanzó una de sus baquetas. Y la baqueta vino directamente hacia mí. Por un instante, parecía que iba a terminar en mi ojo. Yo tenía la cámara, el lente y todo el equipo en las manos, así que mi primera reacción fue protegerlos. Antes de intentar atrapar la baqueta, había que salvar la cámara. El público se abalanzó alrededor y, aunque la baqueta no terminó en mis manos, la escena se convirtió en una de esas anécdotas que quedan guardadas mucho después de que termina el concierto.

“La primera baqueta de la noche no fue mía. Pero todavía faltaba la banda que muchos habían esperado durante años”.
Old Man’s Child
La agrupación noruega, fundada en 1993 por Galder, se ha construido alrededor de una propuesta de black metal melódico y sinfónico. Su música combina la intensidad del metal extremo con atmósferas densas, melodías oscuras y una identidad que ha permanecido vinculada a la trayectoria de su fundador. Para quienes esperaban su regreso a los escenarios, aquella noche no era una presentación cualquiera.
Era un encuentro con una banda que había dejado una huella en la historia del black metal y que ahora volvía a encontrarse con el público colombiano. Cuando salieron al escenario, la espera pareció encontrar su respuesta.
Apenas comenzó la primera canción, el público recibió una bienvenida inesperada: un vaso de agua salió disparado hacia la multitud y terminó bañándonos a quienes estábamos cerca. Yo tenía la cámara levantada y, por supuesto, mi primer instinto fue protegerla. Aunque, tengo que admitirlo, con el calor y la energía de la noche, esa agüita no me cayó nada mal.

Lo único que quería era que el lente sobreviviera. Fue una manera bastante particular de decirnos: «despiértense, que ya llegó Old Man’s Child». Y así, entre risas, agua y cámaras a salvo, comenzó uno de los shows más esperados de la noche. La puesta en escena estaba cargada de detalles: el maquillaje, la ropa, las expresiones y la manera en que los músicos interpretaban cada canción. Todo parecía estar dispuesto para construir una atmósfera que no dependía únicamente de la velocidad o de la fuerza de los instrumentos, sino también de la forma en que la banda conseguía transmitir su universo visual.
El repertorio avanzó entre atmósferas oscuras y riffs que invitaban a mover la cabeza, pero hubo una canción que particularmente me atrapó: Doommaker. Su intensidad y la manera en que se construía el sonido sobre el escenario la convirtieron en uno de mis momentos favoritos de la noche. Sin embargo, el cierre fue otro nivel. The Dream Ghost, Unholy Vivid Innocence y The Millennium King fueron puro cabeceo.

Todo el mundo estaba moviendo la cabeza, entregado a la música, como si el cansancio de las horas de espera ya no existiera. Las últimas canciones terminaron de confirmar que la noche había valido la pena: había que dejarse llevar por el sonido, por la oscuridad y por esa energía que solamente se siente cuando una banda consigue conectar con todo el público.
Las canciones avanzaban y el público respondía con cabeceos, gritos y una energía que se mantuvo durante la presentación. Había algo profundamente físico en la experiencia: el cuerpo reaccionando a los riffs, el movimiento de las cabezas, las luces que recortaban las siluetas y el sonido que llenaba el lugar.
Pero entre todos esos momentos, hubo uno que se quedó conmigo. Mientras fotografiaba, Galder me miró directamente. No fue una mirada perdida entre el público ni un instante en el que simplemente coincidimos en la misma dirección. Sentí que me estaba mirando a mí. Y en ese momento, mientras
tenía la cámara frente al rostro, alcancé a tomar una fotografía. La imagen quedó.
Pero lo que más recuerdo no es solamente la fotografía, sino la sensación de haber conectado con el artista durante un segundo. En medio de un escenario lleno de luces, de una banda que llevaba consigo una estética tan marcada y de un público que esperaba cada canción, hubo un instante en el que la mirada atravesó el lente.
La cámara, que durante toda la noche había servido para observar y registrar, también se convirtió en el lugar donde ocurrió ese encuentro. Más adelante, también sentí esa conexión con el bajista. Eran pequeños momentos, gestos que quizá duran apenas unos segundos, pero que para quien está fotografiando pueden convertirse en parte de la historia de una presentación.
Porque fotografiar un concierto no siempre consiste en esperar el momento más espectacular. A veces se trata de reconocer una mirada, un movimiento, una expresión o una forma de ocupar el escenario que revela algo de la relación entre el artista y el público.Y Old Man’s Child tenía mucho de eso.
La noche terminó antes de las once, después de una jornada que, aunque transcurrió con bastante puntualidad, dejó la sensación de haber pasado por diferentes atmósferas. Desde el death metal melódico de Eshtadur hasta la oscuridad sinfónica de Hecate Enthroned y la intensidad de Old Man’s Child, cada banda construyó su propia manera de habitar el escenario. Afuera, la ciudad continuaba con su ritmo habitual.

Adentro, quedaban las fotografías, las conversaciones y la emoción de haber presenciado una presentación que muchos habían esperado. Yo terminé con una serie de imágenes que, desde el primer momento, tenían una estética oscura. No era una casualidad. La iluminación, los contrastes, los maquillajes y la puesta en escena de las bandas pedían ser fotografiados desde ese lugar. La oscuridad no era algo que quisiera corregir o suavizar, sino una parte fundamental de lo que estaba ocurriendo
frente a la cámara.
Y quizá ahí está una de las cosas que más me gustan de fotografiar este tipo de conciertos: entender que la imagen también puede conservar la atmósfera de la música. Guardar cómo se veía una noche de black metal. Guardar los gestos, los cuerpos, las luces y las miradas. Guardar un instante en el que un artista mira directamente al lente y, por un segundo, la fotografía deja de ser solamente un registro.
La noche terminó, pero algunas miradas permanecieron.

